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Paco Traver

Psiquiatra, conferenciante y escritor

Narcisismo y reconocimiento

El narcisismo es una de esas palabras que todo el mundo utiliza y casi nadie define con precisión.

Solemos llamar narcisista a quien presume demasiado de sí mismo.

A quien busca constantemente atención.

A quien parece obsesionado con su propia imagen.

Sin embargo, el verdadero problema del narcisismo no es el exceso de autoestima.

Es algo mucho más paradójico.

La dependencia de la mirada ajena.


A primera vista el narcisista parece seguro de sí mismo.

Habla con confianza.

Busca admiración.

Aspira a destacar.

Necesita ser visto.

Pero bajo esa apariencia suele esconderse una vulnerabilidad profunda.

La necesidad permanente de confirmación.

Como si la propia identidad dependiera de ser reflejada continuamente en los ojos de los demás.


Desde esta perspectiva, el narcisismo puede entenderse como una estrategia para gestionar la vergüenza.

La vergüenza aparece cuando sentimos que nuestro valor disminuye.

El narcisismo intenta impedir que eso ocurra.

Construye una imagen idealizada de sí mismo y la exhibe al mundo esperando reconocimiento.


Por eso existe una relación íntima entre ambas experiencias.

La vergüenza y el narcisismo parecen opuestos.

Pero en realidad forman parte del mismo sistema.

La vergüenza dice:

«No valgo lo suficiente.»

El narcisismo responde:

«Debo demostrar constantemente que valgo.»


Ambos giran alrededor de una misma preocupación.

El estatus.

La posición que ocupamos en la mente de los demás.

La diferencia es que la vergüenza experimenta la amenaza.

Mientras que el narcisismo intenta neutralizarla.


Las sociedades contemporáneas ofrecen un terreno especialmente fértil para esta dinámica.

Nunca había sido tan fácil exhibirse.

Nunca había sido tan fácil compararse.

Nunca había sido tan fácil medir el reconocimiento mediante cifras visibles.

Seguidores.

Visualizaciones.

Aplausos.

Comentarios.

La economía de la atención convierte el reconocimiento en una mercancía.

Y el narcisismo encuentra en ella un aliado poderoso.


Pero existe una paradoja.

Cuanto más depende una persona del reconocimiento externo, más vulnerable se vuelve.

Cada crítica duele.

Cada fracaso amenaza la identidad.

Cada comparación se convierte en una prueba.

La búsqueda de admiración termina generando una dependencia difícil de satisfacer.


El mito de Narciso contiene una intuición profunda.

Narciso no se enamora de sí mismo.

Se enamora de una imagen.

Y acaba perdiéndose en ella.

Quizá el verdadero peligro del narcisismo no sea el amor propio.

Sino la confusión entre la persona y su reflejo.


Cavanilles sospecha que todos los seres humanos poseemos una dimensión narcisista.

Todos necesitamos reconocimiento.

Todos deseamos ser vistos.

Todos queremos ocupar un lugar significativo en la vida de otros.

El problema aparece cuando el reconocimiento deja de ser un alimento y se convierte en una adicción.

Cuando la identidad ya no puede sostenerse por sí misma y necesita ser confirmada continuamente desde fuera.


Por eso el narcisismo constituye uno de los caminos que nacen en el umbral del estatus.

Una respuesta comprensible a la vulnerabilidad humana.

Un intento de escapar de la vergüenza.

Y, al mismo tiempo, una de las trampas más sofisticadas que la vergüenza puede llegar a construir.

Lecturas recomendadas

El umbral del estatus

La verguenza; la emoción del estatus

La vergüenza: la emoción del estatus

Pocas emociones son tan dolorosas como la vergüenza.

Y pocas han sido tan mal comprendidas.

Solemos pensar que la vergüenza aparece cuando hacemos algo malo.

Pero la realidad es más compleja.

La vergüenza no tiene que ver únicamente con la moral.

Tiene que ver con la posición social.

Con la mirada de los demás.

Con el miedo a perder valor dentro del grupo.


Desde una perspectiva evolutiva, los seres humanos hemos dependido siempre de la aceptación de nuestros semejantes.

Durante cientos de miles de años, la exclusión podía significar hambre, vulnerabilidad o incluso la muerte.

Por eso desarrollamos mecanismos psicológicos extraordinariamente sensibles a la evaluación social.

La vergüenza es uno de ellos.


La vergüenza aparece cuando sentimos que algo de nosotros ha quedado expuesto.

Una debilidad.

Un fracaso.

Una carencia.

Un defecto.

No importa que sea real o imaginario.

Lo importante es la sensación de haber descendido en la escala del reconocimiento.


Por eso la vergüenza se diferencia de la culpa.

La culpa dice:

«He hecho algo malo».

La vergüenza dice:

«Hay algo malo en mí».

La culpa juzga actos.

La vergüenza juzga identidades.


Quizá por eso resulta tan difícil de soportar.

Porque no afecta solamente a nuestra conducta.

Afecta a la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Y a la imagen que creemos que los demás tienen de nosotros.


Muchas formas de sufrimiento psicológico contienen una dosis importante de vergüenza.

La anorexia.

El narcisismo.

Las adicciones.

La fobia social.

Algunos cuadros depresivos.

Incluso ciertas experiencias psicóticas.

En todos ellos encontramos de un modo u otro el problema de la mirada ajena.


La vergüenza también tiene una dimensión cultural.

Cada sociedad decide qué merece admiración y qué merece desprecio.

Por eso las fuentes de vergüenza cambian con el tiempo.

Lo que una época consideró honorable otra puede considerarlo ridículo.

Y viceversa.


Las redes sociales han transformado profundamente esta experiencia.

Nunca había sido tan fácil exponerse al juicio de los demás.

Nunca había sido tan fácil compararse.

Nunca había sido tan fácil medir públicamente el reconocimiento mediante cifras visibles.

Seguidores.

Visualizaciones.

Aprobaciones.

Comentarios.

La economía digital se alimenta en gran medida de nuestra sensibilidad al estatus.


Sin embargo, la vergüenza no es solamente una fuente de sufrimiento.

También cumple una función.

Nos recuerda que somos seres sociales.

Nos obliga a considerar el efecto de nuestras acciones sobre los demás.

Y contribuye a regular la convivencia.

El problema aparece cuando se vuelve excesiva.

Cuando deja de corregir conductas y comienza a colonizar identidades.


Cavanilles sospecha que buena parte de la vida humana puede entenderse como una negociación permanente entre dos necesidades.

La necesidad de ser aceptados.

Y la necesidad de ser nosotros mismos.

La vergüenza aparece precisamente cuando ambas entran en conflicto.

Por eso no es únicamente una emoción.

Es uno de los grandes guardianes del umbral del estatus

Recomendada

Narcisismo y reconocimiento

El umbral del estatus

Cuando se pregunta a las personas qué desean, las respuestas suelen ser variadas.

Amor. Salud. Dinero. Reconocimiento. Libertad. Éxito.

Sin embargo, existe una motivación que rara vez aparece de forma explícita y que, sin embargo, se encuentra detrás de muchas conductas humanas.

El estatus.

La palabra suele despertar cierta incomodidad.

Nos gusta pensar que actuamos por ideales, por afecto o por convicciones.

Y sin duda es así muchas veces.

Pero también es cierto que los seres humanos somos animales sociales y que nuestra posición dentro del grupo ha tenido consecuencias decisivas a lo largo de la evolución.

Durante cientos de miles de años, el prestigio, la reputación y el reconocimiento aumentaron las probabilidades de supervivencia y reproducción.

Por eso seguimos siendo extraordinariamente sensibles a las señales de estatus.


El estatus no es lo mismo que el poder.

Una persona puede tener poder sin ser admirada.

Y otra puede ser admirada sin disponer de poder alguno.

El estatus es una forma de valoración social.

Una medida de la importancia que los demás nos atribuyen.

Puede proceder de la riqueza.

Del conocimiento.

De la belleza.

De la generosidad.

De la valentía.

De la fama.

O incluso del sufrimiento.

Cada cultura construye sus propias jerarquías.


Muchas emociones humanas tienen una relación estrecha con el estatus.

La vergüenza aparece cuando sentimos que nuestra posición social se deteriora.

El orgullo cuando percibimos que mejora.

Los celos cuando tememos perder una posición privilegiada.

La envidia cuando observamos a alguien ocupando el lugar que deseamos.

La humillación cuando el descenso es público.

La gratitud cuando alguien contribuye a restaurar nuestra dignidad.


Desde esta perspectiva, numerosos fenómenos adquieren una luz diferente.

La anorexia puede interpretarse parcialmente como una competición por determinados ideales de valor social.

El narcisismo como una preocupación extrema por el reconocimiento.

La depresión, en algunos casos, como la experiencia subjetiva de una derrota.

La exhibición en las redes sociales como una búsqueda permanente de validación.

Incluso ciertas formas de virtud pueden entenderse como estrategias de prestigio.


Pero el estatus no es solamente una fuerza externa.

También es una experiencia interior.

Cada persona alberga una representación de su propio valor.

Y esa representación condiciona profundamente su conducta.

Las personas no reaccionan únicamente ante lo que son.

Reaccionan ante lo que creen que son.

Y ante lo que creen que los demás piensan de ellas.


Por eso el estatus constituye un auténtico umbral.

Entre el reconocimiento y la invisibilidad.

Entre la pertenencia y la exclusión.

Entre la admiración y el desprecio.

Entre la autoestima y la vergüenza.

Atravesar ese umbral puede transformar una vida.


La cultura contemporánea ha multiplicado los escenarios donde se juega esta partida.

Las redes sociales han convertido el reconocimiento en una métrica visible.

Seguidores.

«Me gusta».

Visualizaciones.

Reacciones.

Nunca había sido tan fácil comparar nuestro estatus con el de los demás.

Y quizá nunca había resultado tan difícil sustraerse a esa comparación.


Sin embargo, existe una paradoja.

Quienes persiguen exclusivamente el estatus suelen convertirse en sus esclavos.

Su bienestar depende continuamente de la mirada ajena.

Su identidad fluctúa al ritmo de la aprobación externa.

Por el contrario, quienes logran encontrar una fuente interna de significado pueden relacionarse con el estatus sin quedar sometidos a él.


Cavanilles sospecha que una parte importante de la condición humana gira alrededor de este problema.

Necesitamos reconocimiento.

Pero también necesitamos libertad.

Necesitamos pertenecer.

Pero también conservar nuestra singularidad.

Entre ambos polos transcurre una parte considerable de nuestra existencia.

Quizá por eso el estatus no sea simplemente una cuestión social.

Quizá sea uno de los grandes umbrales de la experiencia humana.

La verguenza es la emoción que regula el estatus

La traumática historia del trauma (parte II)

Conferencia realizada el día 24 de noviembre del 2016

Ganador del concurso de pósters

El póster «El juicio de Paris: Intervención grupal en trastornos de la alimentación basada en mitología griega y arquetipos femeninos«, del que soy autor junto a Llorca GJ, Verdegal T, Mor S, Font P y Claramonte R, ha resultado ganador del concurso de pósters en las X Jornadas Internacionales sobre trastornos de la conducta alimentaria, celebradas del 5 al 7 de octubre de 2016 en Valencia.

¿Existen las enfermedades morales?

Seminario de metaformación impartido el día 16 de noviembre de 2016.

Vídeo:

Presentación:

Obra sinfónica: Fadrell (2002)

Durante muchos años anduve acariciando la idea de llevar a cabo una obra musical que superara el exito de L´home de cotó-en-pel. La pensé de varias formas, y traté de llevarla a cabo en multiples formatos. Escribí un libro de poemas titulado «Lubricatum», que desarrollaba la idea de la exclusión social de algunas fantásticas criaturas que habitaban esa inmensa albufera que hoy llamamos La Plana.

Seguir leyendo «Obra sinfónica: Fadrell (2002)»

En el blog de Roberto Colom

¿Esencia y personalidad? (Blog de Roberto Colom, 21/5/2014)

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