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Paco Traver

Psiquiatra, conferenciante y escritor

El arte de perder estatus

Vivimos en una cultura obsesionada con el éxito.

Abundan los libros sobre cómo ganar.

Cómo destacar. Cómo influir. Cómo prosperar. Cómo alcanzar reconocimiento.

Mucho más escasos son los textos que enseñan a perder.

Y, sin embargo, perder es una de las experiencias más universales de la condición humana.


Todos perderemos algo.

Belleza. Salud. Prestigio. Capacidades. Oportunidades. Personas queridas. Identidades que creíamos permanentes.

La cuestión no es si ocurrirá. La cuestión es cómo responderemos cuando ocurra.


La pérdida de estatus resulta especialmente difícil porque no afecta solamente a nuestras circunstancias.

Afecta también a nuestra imagen de nosotros mismos.

Durante años podemos llegar a identificarnos con una profesión, una posición social, una reputación o una determinada forma de reconocimiento.

Cuando esas estructuras desaparecen, no solo perdemos algo exterior.

Perdemos una parte de quienes creíamos ser.


Por eso muchas derrotas se viven como pequeñas muertes.

No muere el organismo. Muere una identidad. Un personaje. Una narrativa. Una expectativa.

Y toda muerte simbólica exige un duelo.


Algunas personas reaccionan negando la pérdida. Otras se aferran al pasado. Otras buscan culpables.

Otras se consumen en el resentimiento. Son respuestas comprensibles.

Pero ninguna permite avanzar.


Existe otra posibilidad.

Aceptar que ciertas derrotas no pueden revertirse.

Comprender que algunas puertas solo se atraviesan en una dirección.

Y utilizar la pérdida como materia prima para construir algo nuevo.


La madurez psicológica no consiste únicamente en adquirir.

Consiste también en renunciar.

En desprenderse.

En abandonar identidades que ya no sirven.

En aceptar límites que antes parecían intolerables.


Quizá por eso muchas tradiciones espirituales han considerado la humildad una virtud.

No porque glorifiquen la derrota.

Sino porque entienden que la identidad construida exclusivamente sobre el estatus es inevitablemente frágil.

Todo lo que puede ganarse también puede perderse.


Cavanilles sospecha que las grandes transformaciones humanas suelen comenzar con una pérdida.

Una caída. Un fracaso. Una decepción. Un derrumbe de certezas.

Lo que diferencia unas vidas de otras no es la ausencia de derrotas.

Es la capacidad de convertirlas en umbrales.

Porque perder estatus puede ser una tragedia.

Pero también puede ser el comienzo de una libertad desconocida.

La libertad de dejar de ser quien uno creía que debía ser.

Resentimiento y venganza

No todas las derrotas terminan en depresión.

Algunas terminan en resentimiento.

La diferencia es importante.

La depresión dirige el sufrimiento hacia el interior.

El resentimiento lo dirige hacia el exterior.


Quien está deprimido suele preguntarse:

¿Qué me ocurre? ¿Qué he hecho mal? ¿Qué sentido tiene seguir luchando?

Quien está resentido formula preguntas distintas:

¿Quién me ha hecho esto? ¿Por qué otros poseen lo que yo no tengo? ¿Por qué ellos y no yo?


El resentimiento nace a menudo de una combinación peculiar de derrota, comparación e impotencia.

No basta con perder.

Es necesario percibir que otro ha ganado.

Y además sentir que no existe una vía legítima para recuperar lo perdido.


Por eso el resentimiento suele alimentarse de agravios.

Algunos reales. Otros imaginarios.

Pero todos comparten una característica.

Mantienen viva la herida.

Impiden que la derrota se convierta en experiencia.

La transforman en deuda.


La humillación mira al pasado.

El resentimiento también.

Pero mientras la humillación duele, el resentimiento recuerda.

Una y otra vez. Una y otra vez.

Como una herida que se niega a cicatrizar.


Desde una perspectiva psicológica, el resentimiento posee una ventaja inmediata.

Protege la autoestima.

Permite explicar el fracaso sin cuestionar completamente la propia identidad.

El problema no soy yo.

El problema son ellos. Los otros. Los poderosos. Los privilegiados. Los traidores. Los enemigos.


Por eso el resentimiento resulta tan seductor.

Ofrece una explicación sencilla para experiencias complejas.

Y proporciona algo todavía más valioso.

Un culpable.


La historia política está llena de movimientos alimentados por esta emoción.

También la historia personal.

Familias. Parejas. Instituciones. Grupos. Naciones.

Todos pueden organizarse alrededor de agravios compartidos.


Sin embargo, el resentimiento tiene un precio.

Mantiene a la persona psicológicamente ligada a aquello que odia.

La identidad comienza a definirse por oposición.

Ya no se vive para construir algo nuevo.

Se vive para responder a una herida antigua.


Por eso el resentimiento y la revancha suelen caminar juntos.

La revancha promete restaurar el equilibrio. Corregir la injusticia. Recuperar el estatus perdido.

Pero rara vez proporciona lo que promete.

La victoria obtenida mediante la revancha suele reparar el orgullo más que la herida.


Quizá por eso algunas tradiciones espirituales han desconfiado tanto del resentimiento.

No porque nieguen la existencia de injusticias.

Sino porque comprenden que el resentimiento prolonga indefinidamente el poder de aquello que nos dañó.


Cavanilles sospecha que el resentimiento constituye uno de los caminos posibles después de una derrota de estatus.

Pero no el único. Existe otro. Más difícil.

Transformar la pérdida en aprendizaje. Renunciar a la revancha.

Construir una identidad que ya no dependa de recuperar lo que se perdió.


Porque toda vida contiene derrotas. Toda vida contiene humillaciones. Toda vida contiene agravios.

La cuestión decisiva no es si ocurrirán. La cuestión es qué haremos con ellos. Convertirlos en resentimiento. O convertirlos en transformación.

En ese cruce de caminos se decide buena parte de nuestro destino.

Depresión y retirada social

La depresión suele describirse mediante una lista de síntomas.

Tristeza. Desánimo. Pérdida de interés. Fatiga. Insomnio. Desesperanza.

Todo ello es cierto.

Pero quizá no sea suficiente.

Porque los síntomas nos dicen cómo se manifiesta una depresión.

No necesariamente para qué sirve.


Durante mucho tiempo la depresión fue considerada simplemente una enfermedad.

Un error de funcionamiento.

Un trastorno del cerebro.

Sin embargo, algunos investigadores comenzaron a formular una pregunta distinta.

¿Y si ciertos estados depresivos fueran también una respuesta adaptativa a determinadas circunstancias?


La idea resulta incómoda.

Porque nadie elegiría voluntariamente una depresión.

Y porque las depresiones graves pueden llegar a ser devastadoras.

Sin embargo, la evolución no diseña felicidad.

Diseña supervivencia.

Y a veces ambas cosas no coinciden.


Imaginemos una situación ancestral.

Un individuo pierde una competición importante.

Pierde aliados. Pierde prestigio. Pierde oportunidades.

Seguir luchando puede resultar costoso e incluso peligroso.

En ese contexto, retirarse temporalmente puede ser una estrategia razonable.

Reducir riesgos. Conservar energía. Evitar nuevas derrotas.


Desde esta perspectiva, algunos síntomas depresivos adquieren un significado diferente.

La pérdida de iniciativa reduce la exposición al conflicto.

La retirada social disminuye el riesgo de nuevas humillaciones.

La falta de expectativas protege frente a futuras decepciones.

Incluso la rumiación podría entenderse como un intento de revisar errores y replantear estrategias.


Naturalmente, esta explicación no sirve para todas las depresiones.

Existen múltiples caminos hacia el sufrimiento depresivo.

Factores biológicos. Traumas. Pérdidas. Enfermedades. Circunstancias vitales.

Pero la hipótesis de la derrota social sigue siendo sugerente porque ilumina una dimensión frecuentemente olvidada.

La relación entre estatus y estado de ánimo.


Muchos episodios depresivos aparecen después de una pérdida significativa.

Un divorcio. Un despido. Un fracaso profesional. Una exclusión. Una derrota amorosa.

No es difícil reconocer en estos acontecimientos un componente común.

Todos implican algún tipo de descenso en la posición que ocupábamos en nuestra propia narrativa.


La depresión tiene además una peculiar relación con el tiempo.

Mientras la humillación se vive en el presente, la depresión parece congelar el futuro.

La persona deja de imaginar posibilidades.

El horizonte se estrecha.

Los proyectos pierden atractivo.

Todo parece inmóvil.


Y, sin embargo, algunas depresiones terminan convirtiéndose en puntos de inflexión.

No porque sean deseables.

Ni porque deban idealizarse.

Sino porque obligan a revisar aspectos fundamentales de una vida.

Relaciones. Objetivos. Identidades. Expectativas.

La caída obliga a preguntarse qué puede construirse cuando aquello que sostenía nuestra imagen de nosotros mismos ha desaparecido.


Quizá por eso la depresión ocupa una posición tan peculiar dentro de la Geometría del Alma.

No es únicamente un trastorno.

Es también un territorio.

Un espacio liminal situado entre una identidad que ya no funciona y otra que todavía no ha emergido.

Un lugar incómodo. Oscuro.

Pero potencialmente transformador.


Cavanilles sospecha que algunas personas no salen de la depresión porque recuperen exactamente lo que habían perdido.

Salen porque dejan de buscarlo.

Porque descubren un modo distinto de habitar el mundo.

Una nueva fuente de significado.

Una nueva forma de reconocimiento.

Una nueva identidad.

Y cuando eso ocurre, la derrota deja de ser simplemente una derrota.

Se convierte en un umbral.

Elige en esta bifurcación

Resentimiento y venganza

El arte de perder estatus

Humillación y derrota social

Hay experiencias que hieren.

Y hay experiencias que alteran profundamente la forma en que una persona se percibe a sí misma.

La humillación pertenece a esta segunda categoría.

No es simplemente dolor.

No es simplemente tristeza.

Es la vivencia de haber sido rebajado ante los demás.

De haber perdido posición.

Prestigio.

Dignidad.

Valor social.


La humillación es una emoción pública.

Incluso cuando ocurre en soledad.

Siempre hay una mirada imaginaria presente.

Un testigo real o simbólico.

Alguien ante quien sentimos que hemos descendido.

Por eso suele resultar más difícil de soportar que el fracaso mismo.

No duele únicamente lo que ha sucedido.

Duele lo que creemos que significa para nuestra posición dentro del grupo.


Desde una perspectiva evolutiva, la derrota social constituye una experiencia de enorme importancia.

Los seres humanos hemos vivido durante milenios en pequeños grupos donde la reputación y el estatus condicionaban el acceso a recursos, alianzas y oportunidades reproductivas.

Perder una competición importante podía tener consecuencias reales para la supervivencia.

Quizá por eso seguimos reaccionando de forma tan intensa ante determinadas formas de fracaso.


La derrota social adopta muchas formas.

Perder un empleo.

Ser rechazado por una pareja.

Fracasar públicamente.

Ser objeto de burla.

Quedar excluido de un grupo.

Ver cómo otros ocupan el lugar que deseábamos para nosotros.

En todos estos casos aparece una sensación parecida.

La impresión de haber descendido en la jerarquía social.


La vergüenza suele acompañar a estas experiencias.

Pero la humillación añade un elemento adicional.

La percepción de injusticia.

La sensación de haber sido degradado por otros.

Por eso la humillación no solo genera retraimiento.

También puede generar ira.

Resentimiento.

Deseos de reparación o de venganza.


Numerosos conflictos individuales y colectivos nacen precisamente aquí.

En heridas de estatus no elaboradas.

Personas que se sienten ignoradas.

Despreciadas.

Invisibles.

Grupos enteros que perciben haber sido desplazados o humillados.

La historia está llena de movimientos impulsados por este tipo de emociones.


La depresión también mantiene una relación compleja con la derrota social.

Algunos investigadores han sugerido que ciertos estados depresivos podrían entenderse como respuestas adaptativas a situaciones de pérdida de estatus o fracaso prolongado.

Cuando la lucha parece imposible, el organismo se retira.

Reduce la actividad.

Disminuye las expectativas.

Abandona temporalmente la competición.

No siempre ocurre así.

Pero la hipótesis resulta sugerente.


La cultura contemporánea ha convertido muchas experiencias de estatus en espectáculos públicos.

Las redes sociales amplifican el reconocimiento.

Pero también amplifican la humillación.

Los errores permanecen visibles.

Las comparaciones son constantes.

La derrota puede hacerse viral.

Y la exposición multiplica el sufrimiento.


Sin embargo, no toda derrota conduce a la destrucción.

Algunas se convierten en oportunidades de transformación.

La caída obliga a revisar creencias.

A abandonar identidades.

A construir formas nuevas de relacionarse con uno mismo.

Muchas personas descubren recursos inesperados precisamente después de haber perdido aquello que creían indispensable.


Cavanilles sospecha que una parte importante de la madurez consiste en aprender a sobrevivir a las derrotas de estatus.

Comprender que el valor de una persona no coincide siempre con su posición.

Que la reputación puede cambiar.

Que el reconocimiento es inestable.

Y que ninguna jerarquía social posee la última palabra sobre quiénes somos.

Porque toda vida humana atraviesa momentos de ascenso y de caída.

Y quizá la verdadera fortaleza no consista en evitar las derrotas.

Quizá consista en atravesarlas sin perder completamente la dignidad.

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Depresión y retirada social

Narcisismo y reconocimiento

El narcisismo es una de esas palabras que todo el mundo utiliza y casi nadie define con precisión.

Solemos llamar narcisista a quien presume demasiado de sí mismo.

A quien busca constantemente atención.

A quien parece obsesionado con su propia imagen.

Sin embargo, el verdadero problema del narcisismo no es el exceso de autoestima.

Es algo mucho más paradójico.

La dependencia de la mirada ajena.


A primera vista el narcisista parece seguro de sí mismo.

Habla con confianza.

Busca admiración.

Aspira a destacar.

Necesita ser visto.

Pero bajo esa apariencia suele esconderse una vulnerabilidad profunda.

La necesidad permanente de confirmación.

Como si la propia identidad dependiera de ser reflejada continuamente en los ojos de los demás.


Desde esta perspectiva, el narcisismo puede entenderse como una estrategia para gestionar la vergüenza.

La vergüenza aparece cuando sentimos que nuestro valor disminuye.

El narcisismo intenta impedir que eso ocurra.

Construye una imagen idealizada de sí mismo y la exhibe al mundo esperando reconocimiento.


Por eso existe una relación íntima entre ambas experiencias.

La vergüenza y el narcisismo parecen opuestos.

Pero en realidad forman parte del mismo sistema.

La vergüenza dice:

«No valgo lo suficiente.»

El narcisismo responde:

«Debo demostrar constantemente que valgo.»


Ambos giran alrededor de una misma preocupación.

El estatus.

La posición que ocupamos en la mente de los demás.

La diferencia es que la vergüenza experimenta la amenaza.

Mientras que el narcisismo intenta neutralizarla.


Las sociedades contemporáneas ofrecen un terreno especialmente fértil para esta dinámica.

Nunca había sido tan fácil exhibirse.

Nunca había sido tan fácil compararse.

Nunca había sido tan fácil medir el reconocimiento mediante cifras visibles.

Seguidores.

Visualizaciones.

Aplausos.

Comentarios.

La economía de la atención convierte el reconocimiento en una mercancía.

Y el narcisismo encuentra en ella un aliado poderoso.


Pero existe una paradoja.

Cuanto más depende una persona del reconocimiento externo, más vulnerable se vuelve.

Cada crítica duele.

Cada fracaso amenaza la identidad.

Cada comparación se convierte en una prueba.

La búsqueda de admiración termina generando una dependencia difícil de satisfacer.


El mito de Narciso contiene una intuición profunda.

Narciso no se enamora de sí mismo.

Se enamora de una imagen.

Y acaba perdiéndose en ella.

Quizá el verdadero peligro del narcisismo no sea el amor propio.

Sino la confusión entre la persona y su reflejo.


Cavanilles sospecha que todos los seres humanos poseemos una dimensión narcisista.

Todos necesitamos reconocimiento.

Todos deseamos ser vistos.

Todos queremos ocupar un lugar significativo en la vida de otros.

El problema aparece cuando el reconocimiento deja de ser un alimento y se convierte en una adicción.

Cuando la identidad ya no puede sostenerse por sí misma y necesita ser confirmada continuamente desde fuera.


Por eso el narcisismo constituye uno de los caminos que nacen en el umbral del estatus.

Una respuesta comprensible a la vulnerabilidad humana.

Un intento de escapar de la vergüenza.

Y, al mismo tiempo, una de las trampas más sofisticadas que la vergüenza puede llegar a construir.

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Humillación y derrota social

La vergüenza: la emoción del estatus

Pocas emociones son tan dolorosas como la vergüenza.

Y pocas han sido tan mal comprendidas.

Solemos pensar que la vergüenza aparece cuando hacemos algo malo.

Pero la realidad es más compleja.

La vergüenza no tiene que ver únicamente con la moral.

Tiene que ver con la posición social.

Con la mirada de los demás.

Con el miedo a perder valor dentro del grupo.


Desde una perspectiva evolutiva, los seres humanos hemos dependido siempre de la aceptación de nuestros semejantes.

Durante cientos de miles de años, la exclusión podía significar hambre, vulnerabilidad o incluso la muerte.

Por eso desarrollamos mecanismos psicológicos extraordinariamente sensibles a la evaluación social.

La vergüenza es uno de ellos.


La vergüenza aparece cuando sentimos que algo de nosotros ha quedado expuesto.

Una debilidad.

Un fracaso.

Una carencia.

Un defecto.

No importa que sea real o imaginario.

Lo importante es la sensación de haber descendido en la escala del reconocimiento.


Por eso la vergüenza se diferencia de la culpa.

La culpa dice:

«He hecho algo malo».

La vergüenza dice:

«Hay algo malo en mí».

La culpa juzga actos.

La vergüenza juzga identidades.


Quizá por eso resulta tan difícil de soportar.

Porque no afecta solamente a nuestra conducta.

Afecta a la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Y a la imagen que creemos que los demás tienen de nosotros.


Muchas formas de sufrimiento psicológico contienen una dosis importante de vergüenza.

La anorexia.

El narcisismo.

Las adicciones.

La fobia social.

Algunos cuadros depresivos.

Incluso ciertas experiencias psicóticas.

En todos ellos encontramos de un modo u otro el problema de la mirada ajena.


La vergüenza también tiene una dimensión cultural.

Cada sociedad decide qué merece admiración y qué merece desprecio.

Por eso las fuentes de vergüenza cambian con el tiempo.

Lo que una época consideró honorable otra puede considerarlo ridículo.

Y viceversa.


Las redes sociales han transformado profundamente esta experiencia.

Nunca había sido tan fácil exponerse al juicio de los demás.

Nunca había sido tan fácil compararse.

Nunca había sido tan fácil medir públicamente el reconocimiento mediante cifras visibles.

Seguidores.

Visualizaciones.

Aprobaciones.

Comentarios.

La economía digital se alimenta en gran medida de nuestra sensibilidad al estatus.


Sin embargo, la vergüenza no es solamente una fuente de sufrimiento.

También cumple una función.

Nos recuerda que somos seres sociales.

Nos obliga a considerar el efecto de nuestras acciones sobre los demás.

Y contribuye a regular la convivencia.

El problema aparece cuando se vuelve excesiva.

Cuando deja de corregir conductas y comienza a colonizar identidades.


Cavanilles sospecha que buena parte de la vida humana puede entenderse como una negociación permanente entre dos necesidades.

La necesidad de ser aceptados.

Y la necesidad de ser nosotros mismos.

La vergüenza aparece precisamente cuando ambas entran en conflicto.

Por eso no es únicamente una emoción.

Es uno de los grandes guardianes del umbral del estatus

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Narcisismo y reconocimiento

El umbral del estatus

Cuando se pregunta a las personas qué desean, las respuestas suelen ser variadas.

Amor. Salud. Dinero. Reconocimiento. Libertad. Éxito.

Sin embargo, existe una motivación que rara vez aparece de forma explícita y que, sin embargo, se encuentra detrás de muchas conductas humanas.

El estatus.

La palabra suele despertar cierta incomodidad.

Nos gusta pensar que actuamos por ideales, por afecto o por convicciones.

Y sin duda es así muchas veces.

Pero también es cierto que los seres humanos somos animales sociales y que nuestra posición dentro del grupo ha tenido consecuencias decisivas a lo largo de la evolución.

Durante cientos de miles de años, el prestigio, la reputación y el reconocimiento aumentaron las probabilidades de supervivencia y reproducción.

Por eso seguimos siendo extraordinariamente sensibles a las señales de estatus.


El estatus no es lo mismo que el poder.

Una persona puede tener poder sin ser admirada.

Y otra puede ser admirada sin disponer de poder alguno.

El estatus es una forma de valoración social.

Una medida de la importancia que los demás nos atribuyen.

Puede proceder de la riqueza.

Del conocimiento.

De la belleza.

De la generosidad.

De la valentía.

De la fama.

O incluso del sufrimiento.

Cada cultura construye sus propias jerarquías.


Muchas emociones humanas tienen una relación estrecha con el estatus.

La vergüenza aparece cuando sentimos que nuestra posición social se deteriora.

El orgullo cuando percibimos que mejora.

Los celos cuando tememos perder una posición privilegiada.

La envidia cuando observamos a alguien ocupando el lugar que deseamos.

La humillación cuando el descenso es público.

La gratitud cuando alguien contribuye a restaurar nuestra dignidad.


Desde esta perspectiva, numerosos fenómenos adquieren una luz diferente.

La anorexia puede interpretarse parcialmente como una competición por determinados ideales de valor social.

El narcisismo como una preocupación extrema por el reconocimiento.

La depresión, en algunos casos, como la experiencia subjetiva de una derrota.

La exhibición en las redes sociales como una búsqueda permanente de validación.

Incluso ciertas formas de virtud pueden entenderse como estrategias de prestigio.


Pero el estatus no es solamente una fuerza externa.

También es una experiencia interior.

Cada persona alberga una representación de su propio valor.

Y esa representación condiciona profundamente su conducta.

Las personas no reaccionan únicamente ante lo que son.

Reaccionan ante lo que creen que son.

Y ante lo que creen que los demás piensan de ellas.


Por eso el estatus constituye un auténtico umbral.

Entre el reconocimiento y la invisibilidad.

Entre la pertenencia y la exclusión.

Entre la admiración y el desprecio.

Entre la autoestima y la vergüenza.

Atravesar ese umbral puede transformar una vida.


La cultura contemporánea ha multiplicado los escenarios donde se juega esta partida.

Las redes sociales han convertido el reconocimiento en una métrica visible.

Seguidores.

«Me gusta».

Visualizaciones.

Reacciones.

Nunca había sido tan fácil comparar nuestro estatus con el de los demás.

Y quizá nunca había resultado tan difícil sustraerse a esa comparación.


Sin embargo, existe una paradoja.

Quienes persiguen exclusivamente el estatus suelen convertirse en sus esclavos.

Su bienestar depende continuamente de la mirada ajena.

Su identidad fluctúa al ritmo de la aprobación externa.

Por el contrario, quienes logran encontrar una fuente interna de significado pueden relacionarse con el estatus sin quedar sometidos a él.


Cavanilles sospecha que una parte importante de la condición humana gira alrededor de este problema.

Necesitamos reconocimiento.

Pero también necesitamos libertad.

Necesitamos pertenecer.

Pero también conservar nuestra singularidad.

Entre ambos polos transcurre una parte considerable de nuestra existencia.

Quizá por eso el estatus no sea simplemente una cuestión social.

Quizá sea uno de los grandes umbrales de la experiencia humana.

La verguenza es la emoción que regula el estatus

La traumática historia del trauma (parte II)

Conferencia realizada el día 24 de noviembre del 2016

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