Cuando se pregunta a las personas qué desean, las respuestas suelen ser variadas.
Amor. Salud. Dinero. Reconocimiento. Libertad. Éxito.
Sin embargo, existe una motivación que rara vez aparece de forma explícita y que, sin embargo, se encuentra detrás de muchas conductas humanas.
El estatus.
La palabra suele despertar cierta incomodidad.
Nos gusta pensar que actuamos por ideales, por afecto o por convicciones.
Y sin duda es así muchas veces.
Pero también es cierto que los seres humanos somos animales sociales y que nuestra posición dentro del grupo ha tenido consecuencias decisivas a lo largo de la evolución.
Durante cientos de miles de años, el prestigio, la reputación y el reconocimiento aumentaron las probabilidades de supervivencia y reproducción.
Por eso seguimos siendo extraordinariamente sensibles a las señales de estatus.
El estatus no es lo mismo que el poder.
Una persona puede tener poder sin ser admirada.
Y otra puede ser admirada sin disponer de poder alguno.
El estatus es una forma de valoración social.
Una medida de la importancia que los demás nos atribuyen.
Puede proceder de la riqueza.
Del conocimiento.
De la belleza.
De la generosidad.
De la valentía.
De la fama.
O incluso del sufrimiento.
Cada cultura construye sus propias jerarquías.
Muchas emociones humanas tienen una relación estrecha con el estatus.
La vergüenza aparece cuando sentimos que nuestra posición social se deteriora.
El orgullo cuando percibimos que mejora.
Los celos cuando tememos perder una posición privilegiada.
La envidia cuando observamos a alguien ocupando el lugar que deseamos.
La humillación cuando el descenso es público.
La gratitud cuando alguien contribuye a restaurar nuestra dignidad.
Desde esta perspectiva, numerosos fenómenos adquieren una luz diferente.
La anorexia puede interpretarse parcialmente como una competición por determinados ideales de valor social.
El narcisismo como una preocupación extrema por el reconocimiento.
La depresión, en algunos casos, como la experiencia subjetiva de una derrota.
La exhibición en las redes sociales como una búsqueda permanente de validación.
Incluso ciertas formas de virtud pueden entenderse como estrategias de prestigio.
Pero el estatus no es solamente una fuerza externa.
También es una experiencia interior.
Cada persona alberga una representación de su propio valor.
Y esa representación condiciona profundamente su conducta.
Las personas no reaccionan únicamente ante lo que son.
Reaccionan ante lo que creen que son.
Y ante lo que creen que los demás piensan de ellas.
Por eso el estatus constituye un auténtico umbral.
Entre el reconocimiento y la invisibilidad.
Entre la pertenencia y la exclusión.
Entre la admiración y el desprecio.
Entre la autoestima y la vergüenza.
Atravesar ese umbral puede transformar una vida.
La cultura contemporánea ha multiplicado los escenarios donde se juega esta partida.
Las redes sociales han convertido el reconocimiento en una métrica visible.
Seguidores.
«Me gusta».
Visualizaciones.
Reacciones.
Nunca había sido tan fácil comparar nuestro estatus con el de los demás.
Y quizá nunca había resultado tan difícil sustraerse a esa comparación.
Sin embargo, existe una paradoja.
Quienes persiguen exclusivamente el estatus suelen convertirse en sus esclavos.
Su bienestar depende continuamente de la mirada ajena.
Su identidad fluctúa al ritmo de la aprobación externa.
Por el contrario, quienes logran encontrar una fuente interna de significado pueden relacionarse con el estatus sin quedar sometidos a él.
Cavanilles sospecha que una parte importante de la condición humana gira alrededor de este problema.
Necesitamos reconocimiento.
Pero también necesitamos libertad.
Necesitamos pertenecer.
Pero también conservar nuestra singularidad.
Entre ambos polos transcurre una parte considerable de nuestra existencia.
Quizá por eso el estatus no sea simplemente una cuestión social.
Quizá sea uno de los grandes umbrales de la experiencia humana.

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