La envidia es una de las emociones menos confesadas y más universales.
Pocas personas reconocen sentirla.
Casi todas la experimentan.
Quizá porque la envidia hiere nuestra imagen de nosotros mismos.
Nos gusta pensar que deseamos el bien ajeno.
Nos cuesta admitir que el éxito de otros pueda producirnos malestar.
La envidia aparece cuando alguien posee algo que consideramos valioso y que nosotros deseamos.
Belleza. Prestigio.Talento. Riqueza. Amor. Reconocimiento.
No envidiamos cualquier cosa.
Envidiamos aquello que amenaza nuestra posición en una comparación significativa.
Por eso la envidia es inseparable del estatus.
No surge en el vacío. Surge en las jerarquías.
Allí donde las personas compiten, cooperan y se comparan.
La tristeza mira hacia lo que hemos perdido.
La envidia mira hacia lo que otros poseen.
Esa diferencia es fundamental.
Porque transforma una carencia en una relación. Ya no basta con que me falte algo.
Ahora importa que tú lo tengas.
Existe una forma benigna de envidia.
La que inspira admiración. La que impulsa a aprender. La que nos anima a mejorar. Pero existe también una forma destructiva.
Aquella que preferiría ver fracasar al otro antes que esforzarse por alcanzarlo.
Muchas formas de resentimiento nacen precisamente aquí.
La comparación repetida. La sensación de inferioridad. La percepción de injusticia.
La convicción de que otros disfrutan de ventajas inmerecidas.
Las redes sociales han convertido la comparación en una actividad cotidiana.
Nunca había sido tan fácil contemplar las versiones idealizadas de la vida de los demás.
Nunca había sido tan fácil sentirse insuficiente.
Sin embargo, la envidia posee una utilidad.
Actúa como una brújula. Nos señala aquello que valoramos. Aquello que desearíamos alcanzar.
El problema aparece cuando dejamos de utilizarla como información y comenzamos a utilizarla como identidad.
Cavanilles sospecha que la envidia no debe combatirse negándola.
Debe comprenderse.
Porque detrás de cada envidia existe un deseo.
Y detrás de cada deseo existe una pregunta.
¿Qué es exactamente lo que creo que me falta?
Responder honestamente a esa pregunta puede ser más transformador que mil comparaciones.
Una sub-bifurcación:
La admiración: la parte luminosa de la envidia

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