No todas las derrotas terminan en depresión.

Algunas terminan en resentimiento.

La diferencia es importante.

La depresión dirige el sufrimiento hacia el interior.

El resentimiento lo dirige hacia el exterior.


Quien está deprimido suele preguntarse:

¿Qué me ocurre? ¿Qué he hecho mal? ¿Qué sentido tiene seguir luchando?

Quien está resentido formula preguntas distintas:

¿Quién me ha hecho esto? ¿Por qué otros poseen lo que yo no tengo? ¿Por qué ellos y no yo?


El resentimiento nace a menudo de una combinación peculiar de derrota, comparación e impotencia.

No basta con perder.

Es necesario percibir que otro ha ganado.

Y además sentir que no existe una vía legítima para recuperar lo perdido.


Por eso el resentimiento suele alimentarse de agravios.

Algunos reales. Otros imaginarios.

Pero todos comparten una característica.

Mantienen viva la herida.

Impiden que la derrota se convierta en experiencia.

La transforman en deuda.


La humillación mira al pasado.

El resentimiento también.

Pero mientras la humillación duele, el resentimiento recuerda.

Una y otra vez. Una y otra vez.

Como una herida que se niega a cicatrizar.


Desde una perspectiva psicológica, el resentimiento posee una ventaja inmediata.

Protege la autoestima.

Permite explicar el fracaso sin cuestionar completamente la propia identidad.

El problema no soy yo.

El problema son ellos. Los otros. Los poderosos. Los privilegiados. Los traidores. Los enemigos.


Por eso el resentimiento resulta tan seductor.

Ofrece una explicación sencilla para experiencias complejas.

Y proporciona algo todavía más valioso.

Un culpable.


La historia política está llena de movimientos alimentados por esta emoción.

También la historia personal.

Familias. Parejas. Instituciones. Grupos. Naciones.

Todos pueden organizarse alrededor de agravios compartidos.


Sin embargo, el resentimiento tiene un precio.

Mantiene a la persona psicológicamente ligada a aquello que odia.

La identidad comienza a definirse por oposición.

Ya no se vive para construir algo nuevo.

Se vive para responder a una herida antigua.


Por eso el resentimiento y la revancha suelen caminar juntos.

La revancha promete restaurar el equilibrio. Corregir la injusticia. Recuperar el estatus perdido.

Pero rara vez proporciona lo que promete.

La victoria obtenida mediante la revancha suele reparar el orgullo más que la herida.


Quizá por eso algunas tradiciones espirituales han desconfiado tanto del resentimiento.

No porque nieguen la existencia de injusticias.

Sino porque comprenden que el resentimiento prolonga indefinidamente el poder de aquello que nos dañó.


Cavanilles sospecha que el resentimiento constituye uno de los caminos posibles después de una derrota de estatus.

Pero no el único. Existe otro. Más difícil.

Transformar la pérdida en aprendizaje. Renunciar a la revancha.

Construir una identidad que ya no dependa de recuperar lo que se perdió.


Porque toda vida contiene derrotas. Toda vida contiene humillaciones. Toda vida contiene agravios.

La cuestión decisiva no es si ocurrirán. La cuestión es qué haremos con ellos. Convertirlos en resentimiento. O convertirlos en transformación.

En ese cruce de caminos se decide buena parte de nuestro destino.